42 kilómetros de fe: el cuerpo como promesa
Cada enero, miles de cuerpos atraviesan el Parque nacional Henri Pittier.
Cuarenta y dos kilómetros en ascenso y descenso. Asfalto en la mayor parte del trayecto. Respiración medida. Paso regulado. El cuerpo sabe que el precio es alto.
No es una competencia.
Es una promesa.
La peregrinación hacia la capilla de San Sebastián convoca devotos de todo el territorio venezolano. En 2009 superaron los diez mil caminantes. La montaña recibió esa multitud y la devolvió transformada.
El cuerpo como territorio de fe
La fe aquí no es abstracción.
Es músculo.
Es fatiga.
Es deshidratación contenida.
Es la sincronía entre respiración y locomoción para no sucumbir antes de Cumboto, cuando el terreno cambia y el esfuerzo se vuelve más íntimo.
El cuerpo sabe cuándo está a punto de quebrarse.
Y sabe también cuándo puede continuar.
La promesa no se piensa: se camina.
La vibración del bosque
Diez mil personas desplazándose producen una frecuencia.
Una vibración colectiva.
El bosque atento la recibe y la descarga.
No como metáfora, sino como fenómeno físico: pasos repetidos, respiraciones cruzadas, sudor evaporándose bajo la sombra húmeda.
La montaña no es escenario.
Es interlocutor.
Bambú
Las velas
Al llegar, las velas encendidas en la capilla condensan todo el trayecto.
La llama es pequeña, pero su origen es monumental:
42 kilómetros de voluntad.
Cada vela es un cuerpo que logró sostener su promesa.
Cada luz es testimonio de un límite atravesado.
La cera derritiéndose recuerda que el sacrificio deja marca.
La llama tiembla, como tiembla el músculo exhausto.
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