Sxudario
Crónica de una casa en la Velada
El año 2013 se abrió como una puerta que ya había decidido cerrarse.
Había en el aire un impulso de cambio, como si los ciclos terminaran de golpe y lo único posible fuera atravesar el umbral.
Fui convocado a participar en La Velada de Santa Lucía, en el viejo barrio de Maracaibo. Allí, durante dos noches, las casas abandonan su función doméstica y se convierten en algo incierto: una mezcla de galería, escenario y confesionario.
Pero antes de que exista la obra existe una pregunta.
¿Quién abrirá su casa?
La primera casa tenía una sala inmensa.
Una mesa de madera noble ocupaba el centro como un altar. En las paredes, fotografías familiares y objetos detenidos por el tiempo respiraban una memoria demasiado densa.
Caminé lentamente entre esos signos. Comprendí que mi obra no podría vivir allí.
Había demasiada historia acumulada.
Mi instalación necesitaba un espacio donde la vibración y el silencio pudieran expandirse.
La segunda casa pertenecía a una mujer de mirada quieta.
Escuchó sin interrumpirme mientras explicaba que durante dos noches su hogar se convertiría en una sala de arte contemporáneo.
Le hablé de la obra.
Sxudario era un gesto sobre la huella de aquello que un día dejará de existir.
Un rastro.
Un registro frágil del paso del tiempo.
La pieza estaba compuesta por veinte fragmentos, un políptico disperso que debía respirar en las paredes como si fuera una piel extendida.
Pero también había sonido.
Un didgeridoo.
Le expliqué que el instrumento no se tocaría como un concierto.
Sería más bien una respiración profunda, una vibración antigua atravesando el espacio.
Mientras hablaba sentí el aire entrar por mi Ara.
Por un instante imaginé el sonido recorriendo los cuartos, tocando las paredes, rozando los muebles.
La mujer me observó unos segundos.
Luego dijo:
—Solo quiero que estés tú.
La instalación estaba esperando su momento, entonces comenzó al caer la noche.
Colgué las piezas una por una.
Las paredes empezaron a aceptar la presencia del políptico como si siempre hubiese estado allí.
La casa cambió de respiración. El patio quedó apenas iluminado por un bombillo desnudo.
Cuando terminé llegué a casa madre, sentí una curiosidad casi infantil y respondí mientras giraba el bombillo para aumentar la luz:
—La instalación está lista.
Ningún importuno y la dueña de la casa está conforme.
Luego añadió.
—Tengo entendido que son tres artistas por casa.
respondí sin sorpresa:
—Eso es correcto.
Y después dije algo que todavía recuerdo con claridad.
—Pero el otro artista decidió irse.
—¿Irse?
—Sí.
Le pareció mejor la calle.
Aquella edición de la Velada estaba dedicada a la Abuela Rosa, una figura que pertenecía tanto a la memoria del barrio como a la imaginación de sus habitantes.
Durante dos noches la casa dejó de ser una casa.
Las personas entraban, observaban el políptico, escuchaban la respiración grave del didgeridoo y luego desaparecían nuevamente en la calle.
El sonido viajaba por las habitaciones como un animal antiguo.
Las paredes escuchaban.
La casa también.
Y Sxudario permanecía allí, extendido en silencio, como una piel que recuerda que toda huella —tarde o temprano— termina por desaparecer.
20|3 |

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