jueves, 15 de mayo de 2014

Les cadenas d'amour retirés des ponts parisiens







En 2015, París retiró cuarenta y cinco toneladas de cerraduras instaladas en sus puentes. El gesto romántico, repetido miles de veces, terminó por poner en riesgo la estructura que lo sostenía. Lo que nació como promesa de permanencia se convirtió en sobrecarga. Mis fotografías dialogan con esa tensión: la voluntad de fijar lo efímero y el inevitable desgaste de la materia.







Las cerraduras fueron pensadas como gesto de permanencia.
Un acto romántico que pretendía fijar el amor en el espacio público.




Llegué a la Catedral de Notre Dame en dos tiempos.

En 2012 arribé a tientas. Me detuve en una casilla telefónica para llamar a Claudia; nunca supe cómo gestionar aquella llamada. Tras varios intentos fallidos, desistí… y al hacerlo, perdí de vista a la manada del circo.

Con cierta precaución continué en silencio. Pregunté a algunos parisinos; ninguno parecía ubicar con claridad la dirección que yo buscaba. Fue una mujer de origen indio quien extendió el brazo y señaló con precisión: -hacia el oeste de la Île de la Cité encontrarás lo que buscas.

Entonces la pregunta surgió como si la respiración me delatara:
¿Qué significa realmente llegar a Notre Dame?

Pasaron por mi mente, como relámpagos, más de ocho siglos de historia. La catedral comenzó a levantarse en 1163, bajo el obispo Maurice de Sully, cuando París aún consolidaba su centralidad espiritual en Europa. Piedra sobre piedra, generación tras generación, el gótico elevó sus bóvedas hasta convertir la luz en teología. Allí fue coronado Napoleón Bonaparte en 1804, apropiándose del ritual y del símbolo; allí resonó el Te Deum (A ti, Oh Dios). de la liberación de París en 1944, cuando las campanas celebraron el fin de la ocupación alemana.


Frente a la Catedral de Notre Dame comprendí que no estaba ante un edificio, sino ante una mirada.



2012

Cuando los edificios finalmente cedieron espacio y entré en la plaza, comprendí que no estaba ante una simple estructura arquitectónica. La fachada —con sus tres portales esculpidos— era una catequesis en piedra.

A la izquierda, el Portal de la Virgen María,  la maternidad divina.
En el centro, el Juicio Final: Cristo separando justos y condenados en una coreografía eterna de salvación y caída.
A la derecha, el Portal de Santa Ana, uno de los más antiguos, superviviente de las primeras fases constructivas del siglo XII.

Mis lágrimas reconocieron antes que yo todo lo que aquel lugar había significado: revoluciones, coronaciones, guerras, restauraciones, peregrinaciones anónimas.

Me incorporé a la pequeña procesión. Los pasos se hicieron más lentos, como si el cuerpo entendiera que debía ajustarse al ritmo del siglo. Comprendí entonces que llegar a Notre Dame no es solamente encontrarla en el mapa; es atravesar la historia de Francia condensada en piedra, atravesar la fragilidad humana condensada en la culpa y arrepentimiento. 

 


2012

Caminé sobre la piedra gastada por siglos de tránsito y sentí el peso de una presencia que no necesitaba revelarse. No era yo quien observaba la catedral: era ella quien me registraba desde la altura, desde alguna grieta del campanario, desde el espesor del tiempo.





2012


Las voces que salían en su interior parecían no pertenecer al presente. Por la puerta central se deslizó una sombra, como si la historia misma reclamara su lugar entre los vivos.







2013





2012




2012

Entré por el portal de la Virgen. Mis pasos siguieron el cordón sostenido por pedestales dorados que fungía como trazo divisorio: frontera silenciosa entre los fieles y yo. Era una línea casi litúrgica, un límite invisible entre la contemplación y la pertenencia.

Lo siguiente que vi fue una esfinge —Simón, Matías de Bucy—. Su figura parecía custodiar el paso hacia el ambulatorio, esa galería curva que abraza el altar mayor como un anillo de oración.

Ya había llegado al corazón circulante de la catedral.

Las figuras que flanqueaban el recorrido parecían cuerpos petrificados por la misma Medusa: profetas, reyes, santos, criaturas bíblicas detenidas en un gesto eterno. Pensé en las gárgolas y quimeras que, desde las alturas, vigilan París con su mueca suspendida. La piedra, allí, no era materia inerte; era memoria solidificada.

Sentí una tristeza extraña y, al mismo tiempo, una impresión difícil de nombrar. La grandeza arquitectónica no era solo verticalidad ni proporción gótica: era una energía acumulada durante siglos. Los arbotantes (arcos) arteria de las gárgolas, invisibles desde el interior, sostenían el peso como si sostuvieran también la historia de quienes habían entrado antes que yo.

En ese ambulatorio —espacio de tránsito y recogimiento— comprendí que la catedral no se impone por su tamaño, sino por su vibración. Uno camina y, sin advertirlo, el cuerpo se adapta al ritmo de la piedra, a la penumbra atravesada por vitrales, a la respiración colectiva que todavía flota bajo las bóvedas.

Y yo ya no estaba fuera.
La frontera había quedado atrás.














Colmado de imágenes que poblaban la parte llana del edificio sacro, avancé lentamente. La luz titilante descendía desde los vitrales y teñía el suelo de azul y rojo, proyectando un movimiento sutil que parecía respirar sobre la piedra.

Alcé los ojos.

Allí estaba el rosetón, suspendido como un mándala de vidrio y tiempo. Su estructura gótica, concebida en el siglo XIII, había sido restaurada y protegida en el XIX por Eugène Viollet-le-Duc, quien devolvió coherencia a una catedral herida por la Revolución y el abandono.

La luz no entraba: se filtraba, se descomponía, se hacía teología cromática. Azul como lo infinito, rojo como la sangre y el sacrificio. Bajo esa rueda de piedra y cristal comprendí que el gótico no buscaba altura por soberbia, sino por necesidad de trascendencia.

Y por un instante, el tiempo dejó de ser lineal.




2012




2012


El ámbar es la prisión más transparente del tiempo.

Al principio sentí —dos momentos irreconciliables—, pero un año después comprendí que ambos eventos formaban una sola continuidad. Ya no era la abundante humanidad sofocándolo todo; no era el murmullo turístico invadiendo la piedra. Éramos las coristas, unas cuantas sillas ocupadas y yo con mi cámara, observando un patrón que por milenios se ha repetido desde los sumerios: las tiendas del comercio, la mercancía alineada, el intercambio como rito paralelo al rito sagrado.

Era el portal de Santa Ana en la Catedral de Notre Dame el que parecía resguardar aquella frontera invisible entre devoción y consumo.

Pero lejos de interesarme los souvenirs, mi ojo mecánico apuntó hacia una estructura orgánica de tonalidad rojiza, enmarcada en oro. A la distancia parecía una pequeña montaña ígnea, como si el Monte Vesubio hubiese sido reducido y contenido dentro de un relicario.

Me acerqué.

No era lava petrificada. Era una piedra de ámbar.

Y en ella, engastada con precisión casi ritual, una rama espinosa en forma circular: una corona mínima, perfecta, capaz de ceñir la cabeza de un hombre. La resina milenaria había atrapado no solo materia vegetal, sino una idea: el sufrimiento preservado, la memoria solidificada, la herida convertida en objeto.

El ámbar no guarda; inmoviliza.

Entiendo que la memoria no siempre arde como el Vesubio: a veces se conserva intacta, suspendida en transparencia dorada, esperando que alguien la mire para devolverle respiración.





2013



2013


2013












domingo, 3 de noviembre de 2013

HALLAZGO Y MATERIA. París

                                                   
                                                                       II


                                                                     
                                                                      III


IV


V


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XI


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XIV


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XVII


XVIII


XIX


XX





Francia 2013

Hallazgo y Materia.


“La pintura es una de las expresiones artísticas humanas más antiguas y una de las siete Bellas Artes”.

 “La pintura es el arte de la representación gráfica utilizando pigmentos mezclados con otras sustancias aglutinantes orgánicas o sintéticas”

Hallazgo y Materia.
Me es fundamental definir el sentido de encontrar y redescubrir un espacio que le pertenece al arte por muy aislado que parezca.
La pintura como elemento químico está ligada a todos los procesos estéticos que le dan forma  y sentido, estableciendo un discurso elocuente entre la diversidad de técnicas y recursos empleados
 La FOTOGRAFIA como medio compilador de imágenes,  yace sobre espacios urbanos que, en el mundo estético llamaríamos: Arte Abstracto y Figurativo, desde la perspectiva errante de su naturaleza... Un líquido colorido que cae impactando sobre el suelo sin contemplación y modo se  transforma y redimensiona en otro espacio por la lente de una cámara fotográfica. “La exploración de un campo espacial fijado supone, por tanto, el establecimiento de las bases y el cálculo de las direcciones de penetración. Aquí interviene el estudio de mapas, tanto corrientes como ecológicos o Psicogeográficos” teoría de la deriva 1950 Guy Debord

La obra fotográfica se conforma a través del estudio sinuoso de un tema en particular (Portafolio). Por ejemplo: El cuerpo, objeto-sujeto, el desplazamiento como referencia antropológica son variantes que me permiten como investigador, relacionar desde los laudes de la arqueología la obra que presento, HALLAZGO Y MATERIA.
Desde lo perceptivo está el color, la textura visual, las formas definidas e indefinidas que están sujetas al inconsciente colectivo. La contemplación urbana desde lo introspectivo posee la poética de la formas.
Aquí, dejo referencia de un mundo olvidado, pisado  e invisible para los transeúntes de las ciudades, el arte está en cada parte de nuestro camino, por muy mínima que ésta sea.
ROMÁN FUNES

Román Funes- En el aula, la imagen se convierte en palabra.

Un autor de Venezuela se encuentra con estudiantes de secundaria.    traducción. Flixecourt, Picardie Francia. Desde hace algunos años, e...